“El elector goza del sagrado privilegio
de votar por un candidato que eligieron otros”
Ambrose Bierce
Cualquiera podría pensar que con el avance de los tiempos, los pueblos tendrían gracias a las nuevas herramientas y tecnologías, además del cúmulo de información que reciben día con día, mejores cimientos para elegir a sus preferidos al momento de una elección… pero resulta que no es así.
A pesar del Chat GPT y de todas las innovaciones, con todo y que hoy gozamos de millones de posibilidades no sólo para enterarnos de noticias, sino para escudriñar la vida y obra de un aspirante a un cargo de elección (con el riesgo de encontrar información cierta como también falsa en Internet), resulta que la mayoría de las personas no sólo siguen votando igual que antes, sino que lo hacen de una forma más primitiva, dejando que sean las emociones y las percepciones las que orienten su decisión.
Así, lejos de acceder a los cargos de elección popular los mejores hombres y mujeres, con las mejores propuestas e ideas, con planes y proyectos viables, los que se conducen con verdad en sus campañas, resulta que ganan los comicios los más bonitos, los de mejor marketing, los que saben endulzar el oído y que triunfan en el juego de la percepción.
Porque como buenos mexicanos nos gusta votar por el que va a ganar, no importa si es el mejor o el que yo creo que puede solucionar las cosas, es el que va a ganar y por ello le doy mi voto.
Esto ha pasado siempre, sin embargo ahora a este despropósito se suma algo más: los imponderables.
¿Puede usted creer que una elección puede cambiar su rumbo por una simple frase pegajosa? ¿Recuerda aquello de Fosfo-fosfo?
Tal vez la frasecita no fue determinante, pero sí parte de una serie de acontecimientos que conjugados provocaron que el candidato que semanas antes de los comicios estaba en el último lugar, fuese el ganador de la elección.
¿Y tenía las mejores propuestas y las ideas aterrizadas y sus planes eran viables? No, pero repetía una y otra vez escenarios de un lugar diferente, además de insistir a mañana, tarde y noche, que él acabaría con la corrupción.
Los astros se alinearon, que es muy distinto a que él los alineara; y algunos actores no lo apoyaron directamente, sino que lo hicieron buscando que otros aspirantes no llegasen, a pesar de ser mejores, porque simple y sencillamente ellos no los querían y de esta manera se fue generando un caldo de cultivo que hizo que el día de las elecciones la gente saliera y le otorgase su confianza.
No fue la mejor campaña ni por asomo; no tuvo el mejor slogan ni las mejores propuestas; tuvo una frase pegajosa y la suerte de estar en el lugar correcto en el momento oportuno.
Unos años después seguimos igual o peor, los votantes y los actores políticos. Hoy cualquiera, cualquiera, puede ganar, no importa si es capaz o no, si las circunstancias se acomodan a su favor puede ser triunfador, con un poco de suerte.