Nadie enseña a nadie los riesgos de un contacto prematuro con el ecosistema digital que encierra, de suyo, una naturaleza indiferente a toda consideración moral y ética. La gran tolerancia que se ha aplicado a las redes digitales se ha sostenido en el dogma de que la web tiene más utilidad que amenazas y, en tal razón, debería defenderse la autonomía y autorregulación de todos los agentes involucrados en la misma. Esto dió carta blanca para que apareciera una nueva clase de seres humanos con los conocimientos para desarrollar las tecnologías de la información, que fundaron todo tipo de empresas, lo que los convierte de golpe en los lores de la información; estos, a regañadientes, solo aceptaron incluir un mamotreto de “condiciones de uso” que todos los usuarios de aplicaciones deberían aceptar con un clic y, con ello, obtienen la posesión, dominio y explotación de los vastos volúmenes de datos que cada milisegundo fluyen por los circuitos digitales.
La consecuencia inmediata de todas las perturbaciones del registro de la realidad por medio de datos, que ejecutan todos los operadores de redes, es la formación de imágenes de mundos humanos inexistentes o aproximados, creados para propósitos no conocidos, pero que habrán de tener utilidad para agentes de alguna órbita o tipo de escala de la actividad de la civilización, ya sea económica, militar, social, etc., así como de escala doméstica, regional, continental o global.
No existe nada parecido a la transmisión neutral de información en las redes de la web, habida cuenta de que todo tiene un objetivo de optimización de resultados para agentes activos específicos que compiten por atraer, mantener y retener cada vez mayor cantidad de usuarios pasivos o receptores que forman, a su vez, la gran masa de consumidores de datos de cada sector de actividad o interés.
Sería muy inmaduro suponer que este mundo ideal que se plantea para el concepto de libertad de la internet no está expuesto a múltiples riesgos que deben ser resueltos. En The Internet in Everything: Freedom and Security in a World With No Off Switch, Laura DeNardis (2020) enumera las amenazas, riesgos, empresas, ventajas y desventajas globales del Internet de las Cosas (IoT). Esta evaluación sistemática de la relación entre la comunicación humana y los dispositivos proporciona al lector una visión de las fronteras borrosas entre lo tangible y los espacios cibernéticos, la seguridad y la conveniencia.
No es nuevo que, desde siempre, la propaganda bélica ha sido uno de los instrumentos más poderosos para fortalecer o debilitar la moral de los pueblos según sea el propósito. Los instrumentos preferidos para diseminar la información útil para fines de propaganda han sido los disponibles en cada época, según el segmento socioeconómico objetivo o blanco de la misma.
La gente común y corriente no requería de profundas cavilaciones para entender los mecanismos bajo los cuales operaba y con facilidad podía distinguir las maniobras y objetivos, salvo casos del todo innobles donde el nivel educativo es bastante bajo.
Pero hoy las personas no alcanzan a entender cómo los nuevos señores que encabezan el feudalismo tecnocrático se van apropiando poco a poco de la verdad y la voluntad de los seres humanos, además de crear una dependencia completa y, además, gustosa de las personas.
Esta nueva guerra por el dominio digital de la información y la operación del mundo humano utiliza mecanismos que, a diferencia de la propaganda antigua, son invisibles y se disfrazan de conveniencia.
Los romanos lograron su posición de dominio no solo por las armas o la imposición de su cultura; sabiendo que los pueblos del Mediterráneo vivían en medio de muchos conflictos ancestrales, ofrecieron no solo estabilidad sino que, al usar la cultura romana que conviniera a sus vidas, estas podían transcurrir con mayor facilidad hasta que los propios pueblos adoptaban buena parte de la cultura romana sin menoscabar la propia y sin una percepción de estandarización cultural forzada.
Hoy no nos percatamos de los riesgos implícitos en ello y, al parecer, todos los pueblos buscan la occidentalización de su cultura pero sin un análisis detallado, cayendo en una vulnerabilidad de la cual no será posible escapar con facilidad.
Siguiendo las tesis de Michel Foucault sobre la microfísica del poder, este último va buscando poco a poco la apropiación silenciosa de las identidades y la libertad de pensamiento para un mayor control de las sociedades y así favorecer sus intereses sin que siquiera sea percibido por las naciones. Se trata de lo que el propio Foucault denominó biopolítica, donde el poder ya no necesita el encierro para disciplinar, sino que gestiona la vida a través de la normalización de perfiles administrables por algoritmos que deciden qué escuchamos, qué leemos y qué deseamos, atrofiando el músculo del juicio crítico y reemplazando la curiosidad por una dieta de confirmación de sesgos.
Esa pérdida de soberanía individual se traslada de forma dramática al ámbito del empleo, donde la gestión algorítmica y la fragmentación de la economía convierten al trabajador en un engranaje de una maquinaria que no puede ver, perdiendo el derecho al recurso humano ante un jefe invisible que mide tiempos y asigna tareas sin admitir matices, disolviendo la estabilidad y la capacidad de planear el futuro; un fenómeno que Shoshana Zuboff describe con precisión como la expropiación de la experiencia humana para el mercado de predicciones.
A este escenario se suma el tema espinoso de los medios de gobernanza en todos los niveles que, al mismo tiempo, buscan obtener su tajada del control social y la disolución de la verdad y la transparencia, disolviendo el poder de estas últimas a través de leyes a modo de la circunstancia del momento, pero abdicando a su potestad frente al incontrolable feudalismo tecnológico.
Los gobiernos han descubierto que les resulta más eficaz subcontratar la vigilancia a las propias plataformas, permitiendo la erosión de la privacidad a cambio de herramientas de control capilar que les permiten manipular el ánimo social según sus intereses.
Esta arquitectura de control se asienta sobre una base aún más profunda e inquietante: la capitulación de la condición humana ante el vacío de sentido. Históricamente, el “sino” de las naciones y la cohesión de la inteligencia colectiva se sostenían en mitos fundacionales —fuertes en Oriente, más difusos en Occidente— que otorgaban una dirección histórica y un propósito trascendente.
Sin embargo, para las nuevas generaciones, esos mitos han perdido su peso, dejando un espacio yermo que el feudalismo tecnocrático ha colonizado con una eficiencia quirúrgica. La guerra digital ya no busca convencer mediante grandes relatos, sino manipular las fibras más íntimas de la psique: el miedo a la exclusión, la adicción a la gratificación instantánea y la anestesia de la angustia existencial.
Al abolir el futuro en favor de un presente perpetuo y fragmentado, el sistema anula la voluntad de procrear o la urgencia de enfrentar amenazas sistémicas como el cambio climático; si el mañana es una abstracción incierta y el hoy es un banquete de estímulos, la responsabilidad moral se disuelve en el confort de la red.
Bajo esa nueva microfísica, la inteligencia colectiva es sustituida por una suma de soledades conectadas, donde el individuo ya no busca la verdad, sino la validación de una identidad performática dictada por el mercado de la imagen. Los aforismos que describen nuestra época ya no hablan de honor o destino, sino de una servidumbre voluntaria: “No existimos si no somos vistos; somos el producto de nuestra propia exhibición consentida”. El dominio digital ha encontrado su mayor victoria en esta metamorfosis del ser, donde delegamos nuestra voluntad en el oráculo del algoritmo para no tener que cargar con el peso de nuestra propia existencia.
Así, el engrane que todo lo mueve no es solo tecnológico o educativo, sino existencial: es la explotación de una humanidad que, habiendo perdido sus anclas históricas, prefiere la seguridad del vasallaje digital a la intemperie de una libertad que ya no sabe cómo ejercer.
Este círculo de dominio se cierra con una educación que no guarda sincronía con la actualidad y, en algunos casos, confesa sumisa del control digital, que poco agrega para la revolución cognitiva y del pensamiento crítico, pues continúa privilegiando la fragmentación del conocimiento elevando la complejidad del mundo y haciendo casi imposible que, sin una especialización que nos ciega ante el conjunto, seamos capaces de encontrar el engrane que todo lo mueve y la forma de tomar control sobre él.
Al hiperespecializar al ser humano, se le priva de una visión sistémica, asegurando que la dependencia siga siendo aceptada con agrado, pues el individuo, carente de herramientas intelectuales para comprender la totalidad de su realidad, prefiere la tutela del algoritmo a la responsabilidad de ejercer una soberanía que le ha sido arrebatada de forma casi imperceptible, convirtiéndolo en un feliz siervo digital.
El tránsito del ser humano a través de las grandes épocas de la historia puede rastrearse mediante los aforismos que definieron su propósito y su relación con el cosmos. Si observamos el hilo conductor de la civilización, pasamos de un individuo que buscaba su lugar en el orden sagrado o natural, a uno que reclamaba su soberanía mediante la razón, para finalmente desembocar en el sujeto actual: un nodo de datos que ha permutado su voluntad por la predictibilidad del algoritmo.
Mientras que el mundo clásico exigía un esfuerzo interno de introspección (“Conócete a ti mismo”), la era digital impone una entrega externa de información (“Acepto las condiciones”). El “sino” de las naciones ya no es una tragedia heroica frente a los dioses o un destino manifiesto de progreso, sino una estadística cómoda gestionada por una plataforma. En este vacío de mitos fundacionales, la inteligencia colectiva se fragmenta; el hombre moderno ha renunciado a su lugar en la historia para ocupar un lugar en el servidor, prefiriendo la minoría de edad digital y la anestesia del consumo a la intemperie de una libertad que quizás ya no sepa cómo ejercer.
Referencias Bibliográficas
DeNardis, L. (2020). The Internet in Everything: Freedom and Security in a World with No Off Switch. Yale University Press.
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores. (Sobre la microfísica del poder y el panoptismo).
Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores. (Sobre el concepto de biopolítica y la gestión de la vida).
Han, B. C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder Editorial. (Sobre la explotación de la libertad y el “big data”).
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO / Santillana. (Sobre la necesidad de superar la fragmentación del conocimiento).
Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós. (Sobre la captura de la voluntad y la soberanía individual).