Vivimos tiempos acelerados donde el futuro parece haberse convertido en un producto prefabricado, diseñado por algoritmos y agendas políticas o ideológicas que resultan ajenas a nuestros principios. La sensación de que los acontecimientos rebasan nuestra capacidad de anticipación no es una coincidencia, sino el resultado de un modelo que trata de predeterminarlo todo por encima de la libertad humana.
Ante este escenario, la docilidad se nos quiere presentar como la única opción viable. Sin embargo, no estamos condenados a habitar un mundo que no elegimos. La verdadera batalla no es tecnológica ni política, sino creativa: la urgencia de romper las narrativas impuestas y recuperar nuestra capacidad de soñar, diseñar y construir un mañana profundamente humano y en libertad.
Los recientes eventos escandalosos en México y otros países del mundo supuestamente moderno, nos dan una idea clara que los políticos de izquierda y derecha, en su radicalismo se pretenden apropiar no solo de las narrativas sino del futuro de todo un país. En sus teorizaciones y falsos dilemas ideológicos tratan de justificar la instalación de sus dictados incluso por sobre la experiencia histórica y de su arrogancia para colocarnos en un mundo determinado por ellos a pesar de su incapacidad para comprender principios éticos básicos como el respeto a la libertad.
Nadie puede sentirse satisfecho con el estado del mundo actual. Es imposible aceptar con docilidad los focos de inestabilidad y las propuestas de futuro que las grandes potencias intentan imponer a toda costa.
Demasiados sistemas están funcionando mal. Resulta inaceptable que la ley del más fuerte dicte la solución de los conflictos. Los aparatos diseñados para dirimir controversias se convierten en negociaciones al amparo de normas que carecen de justicia, dejando un residuo de inconformidades que, a la larga, revive las condiciones iniciales del problema.
Del “Bien Común” al Espectáculo. La política ha perdido su papel de gestión para convertirse en un espectáculo mediático sobre las miserias de quienes se autodenominan dedicados al bien común, siendo en realidad mercaderes de la necesidad humana. La democracia, esa noble institución de la pro-sociabilidad, naufraga ante la obvia manipulación de la libertad de pensamiento a manos de fuerzas y monopolios de la información digital que se venden al mejor postor.
El costo de la depredación. Nuestro modo de vida se sostiene sobre la teoría falsa de un mundo natural ilimitado en recursos, premisa reforzada por un modelo económico diseñado para mantenerse en un ciclo de depredación insostenible.
Finalmente, la arquitectura del pensamiento humanista se ve abandonada frente a las fuerzas de una potencia utilitarista deformada, que convierte los valores e inspiraciones ideales en meros recursos decorativos para alambicados intereses materiales.
Un futuro que no elegimos. No obstante que las evidencias están a la vista, la rutina a la que nos obliga el intento de sacar adelante a nuestros más queridos nos mantiene alejados del papel más importante: cambiar el estado de las cosas para construir un futuro profundo.
Adentrémonos en un futuro que quizás no hemos concebido, ni siquiera anhelado, pero que ya ha sido trazado para nosotros. Bienvenido a un mundo nuevo donde ya no podemos estar tan seguros de lo que es real, porque la realidad percibida ha sido rebasada por la mitología tecno-científica que promete solucionar todo.
La aceleración del Antropoceno. Si usted proviene de una era donde la confianza se depositaba en los sentidos y la lógica, es imperativo que encuentre la forma de ponerse al día. Durante el siglo XX, con el inicio del Antropoceno posmodernista, comenzamos a perder el rumbo. Los acontecimientos se precipitan a una velocidad que excede nuestra capacidad de anticipación y aprendizaje.
La tecnologización de la vida ha tomado el control sin acotamientos éticos o morales relevantes. Esto ha puesto bajo una tensión inmensa las bases mismas de la civilización.
El llamado a la acción. Si nosotros no abordamos deliberadamente el futuro como algo deseable y lograble, alguien más nos impondrá un modelo que, si bien siempre tendrá el poder de envolvernos, también conlleva el riesgo de someternos.
Los humanos siempre hemos sido contadores de historias. Dejamos atrás la narrativa del modernismo para abrazar la digitalización como la solución del futuro. Sin embargo, continuamos explorándolo como una extensión del pasado inmediato y perdemos de vista un modelo de futuro deseable.
Todo lo humano empezó conversando. El reunirnos intercambiando visiones sobre futuros es un mecanismo que nos invita a despejar nuestra creatividad colectiva, facilitando la ruptura de paradigmas que paralizan nuestra capacidad de perseguir modelos deseables y preferibles.
Así que hablemos.