Transcurre diciembre de 2023 y acaba de concluir la COP28; Israel se aparta unilateralmente de la mesa de negociación con Hamas; la guerra en Ucrania continúa sin visos de solución en el corto plazo; líderes iraníes, incluyendo al ayatolá Ali Khamenei, mantuvieron discursos que llamaban a la desaparición de Israel.Se multiplican los países europeos donde estalla la violencia en apoyo a la “causa Palestina”; Biden, el envejecido presidente de los EEUU, da muestras de su incapacidad para atender su trabajo en la Casa Blanca; la elección de Javier Milei en Argentina anuncia la profundización de la polarización política en América Latina, etc.

¿Qué tienen en común todos estos acontecimientos? La manipulación de la información, que lo deforma todo sobre estos asuntos y que impide conocer la verdad sobre sus orígenes y conducción, haciendo compleja si no es que imposible su solución a satisfacción de las partes involucradas. Somos testigos perplejos de la guerra de la información y nada podemos hacer, excepto continuar con nuestras vidas tratando de salirnos de la gran caja negra que no deja ver casi nada hacia adelante.

Esta deformación de los hechos no es una táctica nueva, sino el refinamiento de un vicio ancestral. Ya en el siglo XVI, Erasmo de Róterdam advertía que para que la guerra sea posible, primero debe corromperse el lenguaje, llamando ‘justicia’ a lo que no es más que la voluntad del más fuerte. Erasmo comprendió que la paz y la viabilidad de una sociedad dependen de la honestidad de las palabras; cuando el lenguaje se pone al servicio de la dominación originaria, la verdad es la primera baja del conflicto, dejando a la humanidad escasa de razones y sobrada de consignas.

Como nunca, tenemos canales de comunicación que permiten la instantaneidad de la información, pero esos medios están saturados de falsedades y medias verdades. Si antes el rumor y la censura eran los enemigos de la libertad, ahora son la avalancha de mentiras, medias verdades, manifiestos y proclamas sin sentido, excepto disociarnos cada vez más de la verdad sobre la realidad.

Sin la verdad como guía hacia el futuro de la civilización, nada es viable. Negarla, intentar minimizarla, no tiene sentido, pues no tiene sustituto que funcione. Imposible solucionar los problemas y amenazas que se vislumbran y que nos afectan a todos los seres humanos sin importar clases sociales, edades, géneros, etc.

El peso argumental de la ciencia y la confianza que inspira determinan las fronteras teóricas más aceptables en el espacio de la verdad y demarcan también dónde se debatirán todos los puntos de vista, los intereses, las opiniones y las creencias de las personas. La calidad deliberativa dependerá de la incorporación de la verdad o de la falsedad en los argumentos intercambiados.

Sabemos que somos parte de una gran historia que empezó hace billones de años y que, con seguridad, continuará con o sin nosotros, pero nos comportamos como si, en realidad, controlásemos todo el proceso evolutivo y la dinámica del entorno.

Es lamentable, pero cierto, que a pesar de lo mucho que la humanidad ha avanzado en muchos campos, cuando se trata de resolver problemas comunes en cualquier escala, ya sea doméstica, regional o global, lo que opera son el patrimonialismo y el poder en su versión más primitiva: la de la dominación originaria.

Los problemas no se resuelven solos y se arrastra una carga acumulada de déficits de convivencia y de pasivos entre sociedades vecinas, así como de desequilibrios regionales o globales originados en asimetrías que parecieran irreconciliables.

No tiene nada de irracional que cada nación o grupo cuide de lo propio y de los suyos. Lo que es un intrincado absurdo es que cuando se trata de asuntos donde todos pierden, se sigan viejas formas de interrelación basadas en la elusión de la verdad y en la exclusión de las propias responsabilidades de cada agente actuante.

En la antigüedad, podía llegar a pensarse que la concentración del poder tendría alguna posibilidad de resultar en ganancias entre partes en conflicto debido a la imposición de dictados culturales y materiales de los que podría emerger un mayor beneficio.

Sin embargo, a diferencia de la antigüedad, donde la fuerza bruta aspiraba a la Pax Romana —una estabilidad impuesta por el vencedor—, la era de la desinformación no busca el orden, sino el caos perpetuo. Hoy, el objetivo de la manipulación no es solo convencer al otro de una mentira, sino incapacitarlo para distinguir lo que es real. Cuando la historia se plaga de falsedades, la memoria colectiva se convierte en un territorio minado donde nadie puede dar un paso seguro hacia la reconciliación.

Estamos transitando de una civilización basada en la razón y la palabra, a una basada en la emoción pura y el resentimiento, alimentada por algoritmos que premian la indignación sobre la evidencia. Si la ciencia delimita las fronteras de lo posible, la política de la “post-verdad” intenta borrarlas, pretendiendo que la voluntad de poder sea suficiente para alterar las leyes de la termodinámica, la economía o la biología. Esta es la máxima expresión de nuestra soberbia evolutiva: creer que podemos gestionar una realidad que ya no nos molestamos en comprender.

El riesgo es inminente. Una sociedad que renuncia a la verdad renuncia, por extensión, a la justicia, pues no puede haber justicia donde los hechos son sujetos a subasta. Al eludir la responsabilidad propia y externalizar la culpa mediante narrativas prefabricadas, nos condenamos a repetir los ciclos de dominación que creíamos haber superado. La “gran caja negra” no es solo un bloqueo informativo, es un aislamiento ontológico: estamos solos frente a nuestras propias mentiras, incapaces de tender puentes hacia el vecino porque ya no compartimos el mismo universo de hechos.

Finalmente, la viabilidad del futuro dependerá de un acto de humildad radical: el retorno a la verdad como un bien público esencial, tan vital como el agua o el aire. No se trata de una utopía moralista, sino de una necesidad técnica de supervivencia. Si no recuperamos la capacidad de acordar qué es cierto y qué no lo es, la historia no la escribirán los vencedores ni los vencidos; simplemente se disolverá en un ruido blanco, dejando tras de sí una humanidad que tuvo todas las herramientas para salvarse, pero prefirió el consuelo de una falsedad bien contada antes que el desafío de una realidad compartida.

El factor de la Inteligencia Artificial: La erosión de la evidencia. A este escenario de saturación informativa se ha sumado un catalizador: la proliferación de la Inteligencia Artificial generativa. Si antes la mentira requería del esfuerzo humano y de una intención deliberada, hoy la falsedad se produce a escala industrial, con una verosimilitud que desafía nuestros sentidos. Hemos entrado en la era del deepfake institucionalizado, donde la evidencia visual o auditiva —antaño pilares de la confianza jurídica y social— ha sido hackeada. La IA no solo automatiza la propaganda; fragmenta la realidad en millones de espejos deformantes, creando cámaras de eco personalizadas donde cada individuo recibe una versión de los hechos diseñada para validar sus prejuicios.

Esta capacidad de manufacturar “verdades sintéticas” a bajo costo ha destruido el concepto de archivo histórico. Si todo puede ser simulado, nada puede ser probado. La tecnología, que prometía ser el faro de la Ilustración global, se ha convertido en el velo definitivo: una herramienta que permite a los poderes de dominación originaria esconder sus acciones tras un ruido estadístico inabarcable. Ya no solo nos cuesta encontrar la verdad; estamos perdiendo la capacidad biológica de reconocerla cuando la tenemos enfrente.

El Imperativo de la Realidad. Si aceptamos que la verdad es un estorbo, aceptamos también nuestra propia obsolescencia. Una civilización que no puede ponerse de acuerdo en los hechos básicos —desde el cambio climático discutido en la COP28 hasta la autoría de un video en redes sociales— es una civilización que ha renunciado a su capacidad de autogobierno. Al final del día, el patrimonialismo y el poder primitivo que mencionamos no son más que parásitos que prosperan en la oscuridad de la confusión; necesitan que no sepamos quiénes somos ni de dónde venimos para poder dictar hacia dónde vamos.

No se trata solo de ética, sino de supervivencia sistémica. Así como un organismo biológico muere si sus sentidos le informan falsamente sobre su entorno, nuestra arquitectura social colapsará si insistimos en ignorar la realidad en favor del simulacro. La ciencia nos ha dado el mapa, pero la política de la mentira está quemando la brújula.

Recuperar la verdad no será un proceso tecnológico, sino un acto de voluntad humana profunda. Debemos decidir si queremos ser los arquitectos de nuestra evolución o simplemente los espectadores perplejos de nuestra propia irrelevancia, atrapados para siempre en esa “gran caja negra”. El futuro no es un destino garantizado; es un territorio que solo podremos habitar si primero tenemos el coraje de llamar a las cosas por su nombre. Porque, a pesar de todo el ruido y los algoritmos, la realidad sigue ahí fuera, esperando a que volvamos a ella antes de que sea demasiado tarde para recordarla.