Sería muy cínico no hablar con total claridad sobre cómo la “posverdad” —esa tendencia a que nuestras emociones y creencias pesen más que los hechos reales— está pudriendo nuestra forma de pensar. Piénselo un momento: durante mucho tiempo, creímos que el mundo se volvería más comprensible gracias a la ciencia y que todos podríamos ponernos de acuerdo en ciertas verdades básicas. Sin embargo, ese suelo firme se está disolviendo bajo nuestros pies.
Como bien decía Hannah Arendt, los hechos hoy se fabrican a través de estrategias de comunicación diseñadas para manipular la opinión pública con relatos a la carta, siempre respondiendo a intereses de quienes son dueños de los medios o de quienes buscan un beneficio material. La realidad es cruda: al final, todo lo que se publica tiene un dueño y un objetivo, que puede ir desde la simple banalidad hasta el engaño más miserable para distraernos de lo importante.
El problema es que el conocimiento científico ha perdido su autoridad. Ya no sirve como base de nuestra sociedad porque el juego de las palabras no tiene límites y es fácil de manipular; hoy no solo se discuten las opiniones, sino que se inventan los hechos mismos. Es un terreno peligroso donde el poder político aprovecha esta confusión para crear realidades virtuales mediante mentiras, censuras y distracciones. No buscan engañarnos del todo para siempre, pero sí lo suficiente como para enturbiar el agua y que dejemos de buscar la verdad de lo que está pasando.
Nos hemos quedado atrapados en una red de pequeñas historias y relatos regionales, sin un entendimiento común de la sociedad, lo que nos deja sin un lugar sólido donde aterrizar nuestras ideas y, sobre todo, nuestras acciones. El resultado es un cinismo peligroso. Hemos pasado de tener un sano escepticismo frente al poder a caer en una incredulidad total. Y esa falta de fe en todo nos deja indefensos, a merced del poder de turno.
Es cierto que la política siempre ha convivido con la mentira, pero hoy la situación es distinta porque hemos perdido los lazos que nos unían como comunidad. Ya no buscamos la verdad para aprender, sino que buscamos información que nos dé la razón y refuerce nuestros prejuicios. Preferimos quedarnos en nuestra zona de confort antes que aventurarnos en territorios que nos obliguen a cuestionar lo que creemos.
Hoy la política se ha convertido en un espectáculo, en puro marketing donde la palabra está divorciada de la realidad. Vivimos una despolitización cotidiana a cambio de una falsa ilusión de libertad y seguridad, mientras la administración técnica de las cosas reemplaza la verdadera voluntad política. Lo más irónico es que los sectores más autoritarios han aprendido el lenguaje de la deconstrucción para atacar a la ciencia y a la evidencia. Es aterradoramente ingenuo intentar destruir los hechos justo cuando la verdad es más vulnerable que nunca. La persuasión y la violencia pueden golpear la verdad, pero nunca podrán reemplazarla con algo que funcione a largo plazo.
Estamos viviendo una asimetría peligrosa; es como tener el cuerpo de un gigante y la mente de un niño. Tenemos un gigantismo tecnológico frente a una inmadurez política evidente. El caso de conflictos como el de Pakistán, Ucrania e Irán es un ejemplo claro: tienen tecnología del siglo XXI, como la energía nuclear, pero su esfera pública está dominada por mitos y mentiras de Estado. Es la gran paradoja de nuestra era: hemos perfeccionado los medios para destruirnos, pero hemos degradado los fines que nos permiten convivir.
Cuando la verdad se vuelve frágil, la tecnología deja de ser progreso y se convierte en un amplificador del caos.
Para cerrar este análisis, es fundamental entender que el rescate de la verdad no es un ejercicio de nostalgia académica, sino un acto de autodefensa ante la barbarie tecnológica. Si aceptamos que el cinismo y la posverdad han disuelto el suelo que pisamos, la reconstrucción debe comenzar por una ética de la atención y una desaceleración de la inmediatez del juicio.
No podemos seguir siendo consumidores pasivos de impactos emocionales; rescatar la verdad exige la estrategia de la resistencia cognitiva, donde cada ciudadano asuma la responsabilidad de verificar antes de viralizar, rompiendo activamente las cámaras de eco que solo alimentan nuestros prejuicios. Esto implica transitar hacia una objetividad compartida, basada en el respeto por los hechos verificables, distinguiéndolos de las interpretaciones interesadas que los dueños del poder intentan imponer.
Debemos, asimismo, recuperar el espacio de la conversación sosegada frente a la inmediatez del marketing político, permitiendo que la duda metódica reemplace a la incredulidad total que nos deja indefensos. Al final, la estrategia definitiva consiste en reconstruir la capacidad de habitar un mundo común donde el desacuerdo sea posible porque la realidad ya no es un invento en disputa, sino el horizonte compartido que nos permite actuar con sentido. Solo así, mediante esta “ecología del pensamiento” (Bateson, G.), lograremos que nuestra asimetría tecnológica deje de ser una amenaza y se convierta, finalmente, en una herramienta al servicio de una madurez política real.
Si no rescatamos la verdad como el horizonte de nuestras acciones, la tecnología que creamos para iluminar el mundo terminará siendo la mecha de nuestra propia oscuridad.