Sería muy cínico no hablar con claridad y sin ambages del efecto de la posverdad en la corrupción del pensamiento moderno. El discurso universal de modernidad, en especial, la noción de una verdad universal objetiva o la idea de que el mundo se convierte en algo más inteligible a través de los avances de la ciencia ha estado bajo una profunda disolución en la era de la postmodernidad.

Hanna Arendt asevera lo siguiente:

“…en el contexto de la inmanente pluralidad de la condición humana, los hechos pueden hacerse realidad según una compleja estrategia discursiva capaz de orientar la constatación y el reconocimiento por parte de la opinión pública, que también está condicionada por los medios de comunicación y de persuasión de masas, que a su vez no están exentos de condicionamientos interesados y ligados a las estructuras de propiedad o a fines tácticos funcionales”. (1998).

Todo lo que se publica y divulga, aunque no tenga firma, fue dictado por intereses de alguien. Esos intereses van desde la banalidad hasta lo más miserable, como son el engaño y la distracción para lograr alguna ganancia material o subjetiva.

El conocimiento científico ha perdido su autoridad epistemológica y, quizás, podría no servir más como los cimientos del orden simbólico de la sociedad, dado que el juego discursivo es ilimitado y vulnerable, precisamente porque puede ser traspasado por representaciones capaces de subvertir la percepción de los hechos, y no solo de las opiniones sobre los hechos.

El poder político utiliza con toda su fuerza formas de virtualización a través de estrategias productivas de mentiras, olvido, cancelación, censura, engaño y autoengaño, siempre parciales y nunca totales, pero efectivas en el tiempo, con el efecto no secundario de enturbiar las aguas y despistar la atención dirigida a la legítima búsqueda institucional de una verdad fáctica.

En la condición de la posmodernidad, habrá en su lugar una atomización de lo social dentro de una red flexible de “juegos de lenguaje”. No habrá más un solo entendimiento dominante y coherente de la sociedad misma, sino una pluralidad de narrativas y pequeñas historias, poco totalizadoras, modestas y regionales. El declive de la metanarrativa entonces habrá de referirse a una suerte de dislocación en el orden de la realidad social tal que no habrá de descansar en cimientos ontológicos duraderos que faciliten el “aterrizaje” del pensamiento y, en consecuencia, de la acción política.

El resultado final podría resultar en un cinismo literalmente temerario que distorsiona el sano escepticismo frente a las verdades “interesadas” transmitidas por el poder hacia una incredulidad total y permanente que impide cualquier juicio de la opinión pública, especialmente, en los momentos tópicos de ejercicio de la soberanía en la toma de decisiones. Y esa incredulidad se ofrece indefensa ante la permeabilidad y la porosidad de la estructura del imaginario social del público a merced del poder del momento, que se plantea con una “mentalidad de raison d’état” (Arendt, 1998).

En resumen, los hechos siempre han sido impugnados, y la política ha sido alimentada por mentiras y fake news desde tiempos inmemoriales, pero con otros nombres. Por supuesto, hoy en día, subrayar la pérdida del sentido de la verdad en la dirección de la posverdad aludiría con mala perspectiva a una época en la que la política y la verdad se combinaban correctamente en una especie de edén de la política.

De hecho, nunca sucedió́. Pero también es necesario señalar cómo la progresiva desintegración de las bases de la comunidad, de los lazos sociales, provoca la pérdida de un ethos colectivo y solidario sobre el cual activar una acción y una intelectualidad críticas del presente. De ahí́ la búsqueda de verificación de las olas de información que se desencadenan por la multiplicación acelerada de los medios de comunicación habituales y virtuales que dirige al individuo a encontrar confirmación sin sorpresas a sus prejuicios, en lugar de aventurarse sin filtros críticos en territorios que lo desestabilizan culturalmente, siendo ya precario en sus certezas por el terremoto social en el que se encuentra inmerso.

Sin duda, la espectacularización de la política la hace homogénea al infotainment [1]. Su estética es homóloga al marketing generalizado en el que la retórica practicada por los antiguos sofistas, en el hueco de la ficción entre la palabra y el cuerpo desnudo por los cínicos parresiastas, se extiende ahora como una forma de vida en la que la singularidad plural de cada uno de nosotros es absorbida por el simulacro de lo individual, dividida en sí misma y separada de sus instancias colectivas.

Después de todo, ¿no vivimos la despolitización cotidiana como un costo para la ilusión de una libertad individual, de una seguridad personal? Sin darnos cuenta, la governance anuncia la entrada a una era pospolítica en la que la rigidez administrativa regula el conflicto de voluntad política, neutralizándolo tan pronto como para someternos al anonimato de las autoridades sin imputación de responsabilidad, ya degradada a la simple accountability.

El postmodernismo ha sido víctima de su propio éxito: la derecha ha aprendido su lenguaje y ahora lo usa en un lastimoso ataque contra la ciencia. Precisamente, en un momento cuando el conocimiento científico y expertise tienen tanta importancia, y cuando la verdad misma nunca fue tan vulnerable, es irresponsable o peligrosamente ingenuo moverse para deconstruir los hechos y las evidencias.

La verdad, despojada de todo poder y siempre retada y en confrontación con el poder, tiene, sin embargo, una fuerza por sí misma: todos los actores del poder pueden idear, pero nunca encontrar un sustituto para la verdad que sea viable. La persuasión y la violencia podrán destruir la verdad, pero no la pueden reemplazar.
Hemos sido testigos de la revolución eficientista producida por las tecnologías de la información, y disponemos de los medios más que suficientes para la diseminación del conocimiento. Sin embargo, el ciudadano común continúa basando su acción en creencias, dejando a un lado el conocimiento experto. La humanidad siempre ha recurrido a mitos explicativos para ocupar los vacíos de conocimiento, pero las abstracciones representacionales, como la lógica y las matemáticas, formaron el cuerpo de la “ciencia moderna”, donde la evidencia empírica se convirtió en la mancuerna del desarrollo.

Sin embargo, hoy presenciamos una peligrosa asimetría entre el gigantismo tecnológico y la inmadurez política. El conflicto entre Pakistán y Afganistán es paradigmático: es el escenario donde la técnica ha cumplido su promesa de dominio físico —proveyendo la capacidad de la fisión nuclear— pero ha fracasado en su promesa civilizatoria. Pakistán posee la tecnología del siglo XXI, pero su esfera pública habita un espacio dominado por mitos fundacionales y una “razón de Estado” que utiliza la posverdad para enmascarar su fragilidad institucional.

Esta es la gran paradoja de nuestra era: hemos perfeccionado los medios (armamento, vigilancia, propaganda digital) mientras hemos degradado los fines (la verdad factual, la convivencia plural). La posesión de armas de destrucción masiva en manos de estados que han sustituido la realidad por narrativas de victimismo o providencialismo revela una patente de autodestrucción. Cuando la verdad se vuelve vulnerable, la tecnología deja de ser una herramienta de progreso para convertirse en un amplificador del caos; el poder nuclear, desprovisto de una ética política basada en hechos, se transforma en un cinismo temerario que ya no solo distorsiona la opinión, sino que amenaza con borrar el suelo mismo donde se asienta la humanidad.

En conclusión, el desafío de la modernidad tardía consiste en rehabilitar un espacio común donde el disenso sea posible sobre la base de una realidad compartida. El peligro último de la posverdad no es que la mentira sea aceptada como verdad, sino que la propia distinción entre ambas se vuelva irrelevante, dejando a la técnica libre de cualquier control ético.

La tarea intelectual urgente es, por tanto, rescatar la verdad sobre los hechos de su actual vulnerabilidad y forzar una madurez política que esté a la altura de nuestro poder tecnológico. Sin ese suelo firme de hechos, la política se reduce a una gestión de afectos y la libertad a una elección entre ficciones suicidas. Debemos rescatar la verdad no como un dogma, sino como el único horizonte que permite una acción colectiva con sentido;