Jugar a los “indios y vaqueros” era divertido en mi niñez. Aunque el papel más codiciado en este drama lúdico era el de “vaquero”, a mí me gustaba más amarrarme un par de plumas de guajolote en la cabeza y ser el indio villano. Una intensa propaganda cinematográfica identificaba a vaqueros buenos e indios malos. Entiendo que en Nuevo León se arraigue fácilmente esa idea, después de todo aquí sí que hubo enfrentamientos entre colonos vaqueros e indios hasta el siglo XIX. Pocos saben de las no tan raras incursiones de “indios güeros” que, decía mi abuelo, eran bandidos gringos disfrazados. Como sea, asumimos una propaganda estadounidense, genocida además, que proclamaba la perversidad de los nativos y la pureza moral de los colonos anglosajones. Tampoco aclararon lo obvio, que sus mejores “buckaroos” (vaqueros) no eran gringos sino mexicanos adiestrados en la faena trashumante andalusí, que repentinamente se quedaron atrapados en otro país, ¡hasta el sombrero les copiaron! La voracidad geopolítica de Estados Unidos es proverbial; su cultura, mítica.

La propaganda contra los indios en Estados Unidos rebasó sus fronteras. No sorprende que un fulano nacido polaco y súbdito del viejo Imperio Ruso, hiciera una analogía de los indios con los palestinos y de los judíos con los vaqueros gringos. Sionista de cepa, por supuesto, pugnaba por la expulsión total de los no judíos de Palestina a favor de la expansión del estado de Israel. El fulano se llamaba Benzion Mileikowsky que, asentado en Israel, firmaba con el seudónimo de B. Natanyahu, y finalmente adoptó el apodo como apellido. En un artículo publicado en el periódico “Hayarden” en 1934, afirmó que “La conquista del suelo es uno de los primeros y más fundamentales proyectos de toda colonización”. Además, que “Si los conquistadores de América hubieran dejado las tierras en manos de los indios, ahora habría como máximo unas pocas metrópolis europeas en los Estados Unidos y todo el país estaría habitado por millones de pieles rojas…” Muy judío pero obsesionado por la cultura europea. Hay un rastro notable de Benzion hasta su mentor, el sionista Joseph Klausner, un supremacista que estaba convencido de que sólo hay dos razas humanas que valen la pena: semitas e Indoeuropeos (arios). Y además consideraba a los árabes y beduinos como poco menos que salvajes.

Habría que notar que esa pandilla sionista era laica, “Jilonim” se les llama. Y los jilonim componen la mitad de los israelitas, aunque no todos serían sionistas. Hay también una cantidad significativa de ortodoxos y ultraortodoxos (“datim” y “jaredíes”), que suelen rechazar el servicio militar. El resto son “masortim”, tradicionalistas y religiosos, pero no radicales… algo así como los católicos mexicanos, pero más disciplinados. Supongo que en los israelitas influidos por algún grado de religiosidad existe la convicción de que están en “la tierra prometida”, a la que los condujo Moisés y que él sólo pudo ver de lejos. Entre los primeros colonos judíos en Tierra Santa, judíos de religión no necesariamente de raza, hubo muchos que sólo querían morir ahí porque, dicen, serán los primeros resucitados para el Juicio Final: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”, Daniel 12, 2. ¿Cuándo será eso? “Es el día en el que nadie podrá hacer nada por nadie”, dice el Corán. Ya merito, creo yo.

El valor escatológico de la “Tierra Santa”, para al menos tres grandes religiones fundamentales, parece superar el valor espiritual. El profeta Daniel es medio “gore” al describir el momento de la resurrección, casi una película de zombies. Pero no creo que interese al sionismo actual, ni fue importante para Benzion, ni para su hijo, el criminal genocida Benjamín Netanyahu. Es hipócrita y hasta sacrílego usar a Yahvé como agente inmobiliario para lotear Palestina, y expulsar o exterminar a los no israelitas. Se comprende mejor la afinidad de “Bibi” con el demente especulador Donald J. Trump y su yerno favorito, Jared Kushner, otro descendiente de inmigrantes judíos polacos-rusos que renegaron del apellido natal: Berkowitz. Aunque el “Kushner” (peletero) sigue siendo muy judío (asquenazí) es más alemán que el eslavo “Berkowitz”, (hijo de Baruch). En ambos casos no describe la fortuna familiar Kushner, relacionada con la especulación inmobiliaria. Nadie más apropiado que Jared para servir como agente del divino catastro y parcelar los santos límites de la Tierra Santa.

En esta danza de la muerte que ha iniciado Donald J. Trump en todo el mundo, además de su locura y su avaricia, hay más factores que lo impulsan a interpretar el papel de “macho alfa” en la política mundial. Su agenda, zurcida a la del sionismo internacional, coincide con la siniestra agenda de Bibi Mileikowsky, alias Netanyahu. La expansión estadounidense intenta asimilar recursos vitales y bloquear a potencias rivales. En el caso del sionismo israelí, la expansión es la misma que buscaba Adolfo Hitler hacia Europa Oriental bajo el principio del “espacio vital”. Netanyahu no intenta consolidar un país sino un imperio. No intenta asimilar culturas sino destruirlas. No quiere incluir pueblos sino desplazarlos y, en la práctica, exterminarlos. El sionismo israelí está cómodo en medio de las autocracias islámicas en Medio Oriente, pero siempre verá una amenaza en Irán, no tanto por su extensión sino porque está regido por un gobierno teocrático. Es decir, hay identidad muy consistente entre el patriotismo y la fe. Esto ya no sucede en Israel, donde el patriotismo sionista es laico, el uso de parafernalia religiosa en el discurso es irrelevante para la mitad “jiloní” de los israelitas. En esa presunta “Tierra Prometida” del sionismo no mana “leche y miel” de la promesa divina, sino sangre.

Pero la escalada militar en Medio Oriente sigue, con la hipocresía parlamentaria estadounidense que permite una guerra ilegal pero real en los hechos, sólo con evitar llamarle guerra. El mundo está atento y alarmado frente a una conflagración que es pura incertidumbre, contradicciones, alardes y mentiras, desde los medios occidentales y las declaraciones oficiales. Marco Rubio, ese mastín trumpista, hace tournée en Europa presionando para desencadenar una guerra mundial a costas de otros países y que reparta la responsabilidad de Estados Unidos e Israel. Ya se vislumbra que Trump está en la disyuntiva de “atender” al autócrata de Ucrania o al de Israel. Bufones sionistas hispanoamericanos, como Javier Milei, se suman a una guerra que no es guerra; el “escudo” antinarco de títeres americanos, por ahora, sólo sostiene una narrativa golpista como espada de Damocles sobre la democracia. El “club” de la paz que preside Trump es una contradicción flagrante. Las presuntas negociaciones entre Estados Unidos e Irán son ridículas, porque no es Trump quien pondría condiciones para detener la guerra. No puede haber negociación alguna si Estados Unidos sigue apoyando a Netanyahu, y mientras Israel mantenga su política vandálica y criminal. En el propio Estados Unidos se despliega de nuevo la protesta masiva “No Kings” contra el cártel Trump-Epstein. Y para estresarnos más, Yemen entra en el conflicto y amenaza con cerrar otro estrecho estratégico que asfixiaría el comercio a través del Mar Rojo. Distraídos todos con la guerra apenas si notamos que el sionismo israelí se expande apropiándose de más territorios en Cisjordania, que no cesa su violencia homicida ya no sólo contra la población islámica, ¡también contra cristianos palestinos! No es la fe ni la defensa lo que impulsa a este juego mortal de vaqueros sionistas e indios palestinos. Y no nos engañemos: Estados Unidos podría eventualmente negociar con Irán por motivos económicos urgentes; Israel no negociará si no es desde su derrota, porque implicaría replegar sus fronteras, algo que el Atila sionista jamás va a consentir… Por cierto, ¿a cuál de las doce tribus israelitas pertenece la ascendencia Mileikowsky-Netanyahu? Yo bien podría pasar por judío, pero desde hace mucho preferí coronar mi ascendencia semítica con plumas de guajolote.