Cuando un mandatario no puede ocultar su fracaso como gobernante ni cambiar el aumento de rechazo popular a su gobierno, un recurso muy sobado es inventarse una guerra. El truco es simple, porque ante una amenaza externa, real o falsa, los ciudadanos apoyarían al líder. No creo que exista un pueblo en el mundo que ame la guerra. Todos saben que el coste en vidas humanas es siempre alto para todos, incluso para los victoriosos. Y saben que las tumbas que cavan son de sus familiares, amigos, vecinos, todos ellos ajenos y lejanos a la elite que planea, decide y declara las guerras. Aun así, el temor ante la disolución como sociedad es mayor y despierta esa ferocidad primitiva que confundimos con patriotismo. ¡Puro instinto de conservación de la colmena!
En México tenemos experiencia reciente de esta trampa política. Calderón intentó legitimarse con una guerra uniendo al pueblo alrededor suyo para combatir a un enemigo común: el crimen organizado. El enemigo era real, pero nunca nos dijo que la verdadera guerra era entre cárteles y que perversamente usó fuerzas policiacas, ejército y medios, como sicarios de esos cárteles. Pudo haber funcionado el truco, salvo porque el campo de batalla era todo el país, y el patriotismo que Calderón exigía era no reaccionar, ver, callar y pagar una alta cuota de sangre. Cuota que todavía estamos pagando.
Este sábado amanecí con la novedad de que Israel y Estados Unidos atacaron a Irán, y que Irán no se quedó con los brazos cruzados y reaccionó atacando a bases estadounidenses en Medio Oriente y a Israel. Irán siempre ha sido pintado por Trump como un peligro para la paz mundial y una madriguera de terroristas. ¡El burro hablando de orejas! Esta nueva “guerra”, que en realidad es un intento de invasión y golpe de estado, no es una novedad en las “brillantes” decisiones de Trump. Ya hizo lo mismo en Estados Unidos contra migrantes legales, migrantes ilegales e incluso ciudadanos estadounidenses. No aprendió algo de su correligionario fascista Felipe Calderón: el mismo error al elegir el campo de batalla. La misma “amenaza” fantasma la ha estado aplicando contra México, Venezuela, Colombia, Canadá, Dinamarca, Cuba, China, Rusia, e incluso Ucrania. En estos casos, salvo Venezuela, ha sido más retórica y presión económica. ¿Funcionó ante los estadounidenses? Sí, mucho, para definir con mayor precisión la base popular fascista que lo tiene en el poder, una base cada vez más pequeña y más desilusionada. Esta vez, Estados Unidos entra en una guerra del sionismo, particularmente de Netanyahu. Habrá qué ver cómo lo toman los ciudadanos estadounidenses. Aquí hay que hacer algunas precisiones importantes. Israel es un país, no una fuente étnica. Israelita es, por lo tanto, un gentilicio no una raza. El ser judío también es ambiguo, porque puede ser la descendencia tribal de Judá, la de los súbditos del reino de Judá, o los correligionarios del Judaísmo. Ser judío no es igual a ser semitas. El perfil semita incluye a los israelitas, los palestinos, a una amplia zona de Medio Oriente árabe, incluido a Irán. Y lo más importante: sionismo es una ideología, bastante fascista; no todos los judíos o israelitas son sionistas, ni todos los sionistas son judíos o siquiera israelitas.
Desde la perspectiva onírica de Trump, no se trata de una guerra sino de impedir que el régimen iraní siga fomentando el terrorismo y que el pueblo iraní decida libremente su gobierno. La impresionante y masiva movilización de fuerzas militares estadounidenses en la zona, para Trump, no implica una guerra. En todo caso diz’que es una medida de seguridad para garantizar el cambio de régimen iraní, es decir: la exigencia de un golpe de estado. Una extraña forma de lograr la democracia. Esta guerra, que sí lo es desde el momento de atacar a mansalva y asesinar al líder político y religioso Alí Hoseiní Jameneí, ha sido vista por los muy numerosos detractores de Trump en Estados Unidos, como otra treta para seguir ocultando los Archivos de Epstein. ¡Y vaya que ha usado otros muchos trucos! Tienen razón, pero me parece una deducción simplista y escasa. La tirria de Trump contra Irán es más afín al objetivo del sionismo para posicionar a Israel como potencia dominante en Medio Oriente. Trump, con esta guerra, parece el protagonista principal, pero más bien es un socio en la agenda genocida de Netanyahu. Que Estados Unidos está hoy bajo un régimen fascista muy obvio, no significa que sea el único, y basta con ver a Argentina, El Salvador, y, por supuesto, Israel. ¿Y Epstein qué pitos toca en esto? Pues el cártel de Epstein siempre tuvo relación estrecha con el sionismo, y no se dedicaba sólo al tráfico sexual, también se involucró en asuntos políticos y económicos. Los archivos de ese cártel estadounidense deben ocultar nombres y hechos mucho más importantes que las “travesuras” de un lúbrico Trump.
No sé si Netanyahu pueda iniciar una guerra contra Irán cuando quiera y sin pedir autorización a otros poderes del estado israelí. Sé que Trump no puede, que esto debe pasar por la autorización del Congreso. Sé que en caso de declarar una guerra sin previo aviso al Congreso, y sin su autorización, el cuerpo legislativo puede y debe obligarlo a detener las hostilidades y desmovilizar tropas en un plazo de entre dos y tres meses. No sé y no creo que Netanyahu esté dispuesto a detenerse si no lo obligan, pero creo que Trump apostó por el “Efecto Maduro”, y al asesinar al líder iraní, suponer que el régimen persa aceptaría negociar a la sombra de los cañones, como Venezuela. Negociar, es decir, ceder a las exigencias de Trump, empezando por adoptar un gobierno pro yanqui, pro sionista, pro fascista. El caso es que, aunque Trump ya hable de negociaciones (que ya existían antes y durante el ataque a traición), el régimen iraní no ha sido decapitado y no parece ceder. Sigue una guerra más intensa en titulares en donde cada uno de los beligerantes dará su versión magnificando victorias y desestimando derrotas. El “monstruo” que Trump creó en su imaginación podría convertirse en una pesadilla real, como diría la Décima Musa: “Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco al niño que pone el coco y luego le tiene miedo”.
A estas alturas, y tras haber iniciado una guerra ilegalmente, Trump es el que debe tener más prisa por negociar. El plazo no lo impone Trump ni Irán, sino la Constitución de Estados Unidos. Ya Trump violó la ley al iniciar el conflicto desobedeciendo dos principios legales. Uno, que sólo el Congreso puede declarar la guerra, por eso Trump y sus secuaces no llaman a esto guerra sino “operación militar” u otras perifrásticas de leguleyo. Y la otra condición es que puede proceder obviando temporalmente al Congreso cuando exista “una emergencia nacional creada por un ataque a los Estados Unidos, sus territorios o posesiones, o sus fuerzas Armadas”. Cosa que tampoco se cumple. Si Trump quiere seguir fingiendo que cumple con la ley, debe esperar dos cosas. Una, que active negociaciones y detenga el conflicto con Irán antes de dos meses. O bien, meter más presión a los congresistas republicanos para que, terminado el plazo, autoricen una declaración de guerra que, aunque seguiría siendo injusta, sería legal, en Estados Unidos por lo menos. No hay que preguntar a la ONU, puesto que la carta de las Naciones Unidas claramente condena esta agresión. Tampoco a la flamante “Junta para la Paz” de Trump, que ya se ve lo que significa “Paz” para su fundador y presidente vitalicio. Ahora, mientras seguimos sobre ascuas a la expectativa de cómo se incendia Medio Oriente, deberemos agazaparnos en nuestras trincheras de cordura frente a la guerra mediática que cada vez tiende más a normalizar los modos fascistas de Trump y Netanyahu. Sor Juana diría de todo esto en sus famosas redondillas: “¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo y siente que no esté claro?”