La historia de la civilización puede leerse como un esfuerzo persistente por establecer un consenso sobre la realidad; un andamiaje de verdades compartidas que permitiera la transición de la barbarie a la convivencia ética. Sin embargo, en la última década, este cimiento se ha visto erosionado por una aceleración tecnológica que no solo redefine lo que consideramos ‘normal’, sino que altera la estructura misma del poder y la autonomía individual. Lo que comenzó como una búsqueda de libertad a través del conocimiento ha desembocado en una paradoja sistémica: un ecosistema donde la verdad se fragmenta y la voluntad se diluye en una nueva forma de servidumbre. Esta reflexión se propone analizar esta metamorfosis, explorando cómo el tránsito de la gobernanza tradicional al feudalismo tecnocrático ha normalizado la incertidumbre y la abulia mental, convirtiendo al ciudadano en un siervo digital que habita una realidad diseñada por intereses que trascienden el bienestar comunitario

Sin verdad y algún vestigio de normalidad no es posible construir algún futuro alternativo estable. La normalidad no es solo un acuerdo social para distinguir entre lo conveniente y lo detestable, sino diferenciar lo que es correcto de aquello que no lo es.

Salimos del salvajismo y la barbarie porque nada se podía construir sobre esos estadios de la civilización. Pasaron siglos para formular una ética y moralidad de inspiración prudencial; primero como requisitos de convivencia, y luego como principios de vida autónomos que no requerían coerción externa. Sin embargo, cuando el poder —convertido en gobernanza— insertó sus intereses en la propia ley, surgieron desviaciones que alejaron la norma de los principios, aduciendo una supuesta evolución modernista del pensamiento, las circunstancias y el conocimiento.

Foucault nos enseñó que el poder no es un monolito estatal, sino que circula en micropoderes de manera transversal. Como afirma el autor, “el poder, lejos de concentrarse en el poder del Estado, circula como micropoderes o microfísicas” (Foucault, 1992). Si antes lo normal fue la oposición a la sumisión intelectual, hoy lo normal es la aceptación acrítica. Estos micropoderes disponen hoy de una capacidad tecnológica sin precedentes para divulgar narrativas que fragmentan la realidad. Jugamos al gato y el ratón entre nuestra consciencia y un pragmatismo cínico que se ha convertido en nuestra única brújula. Si antes la abulia mental era supervivencia ante el estado represivo, hoy es una declinación cómoda: hemos renunciado al debate para definir lo prosocial, aceptando en su lugar la incertidumbre como paisaje permanente.

La velocidad de los eventos recientes confirma que la normalidad ya no es un estado de equilibrio, sino la administración del colapso. En una misma semana, la explosión de miles de dispositivos de comunicación en Líbano demostró que el entorno técnico que consideramos seguro es ahora un frente de guerra invisible. Simultáneamente, en México, el Estado abdica de su función ante la violencia de los carteles, recomendando cínicamente que “se arreglen entre ellos”. Normalizamos así la paz mafiosa y la claudicación de la ley. La simulación llega a su cúspide en la ONU, donde mandatarios dictan verdades locales mientras los problemas globales mueren por senilidad ante una ciudadanía que solo sabe adaptarse a la pérdida diaria de libertad.

Hoy, la modernidad informática ha superado la “caja idiota” que anunciaba Emilio Azcárraga como medio para que los mas desfavorecidos alcancen la felicidad; es ahora el vehículo de un sopor algorítmico que apaga el pensamiento crítico. La conformidad es la nueva normalidad. Por ejemplo, hemos permitido que nuestras ciudades se conviertan en aglomeraciones sin gobierno y que el hacinamiento sea la regla.

Pero el mayor peligro reside en la fragmentación de la ciencia. El matrimonio del saber con el utilitarismo ha dejado la verdad como algo relativo. Ahora, la Inteligencia Artificial y los micropoderes crean miles de pseudo-verdades sintéticas, atractivas para una masa que ya no busca entender, sino confirmar sus sesgos. Normalizamos los debates no conclusivos porque hemos dejado de creer en los hechos.

En es e escenario, emerge con fuerza el feudalismo tecnocrático (Varoufakis, 2023). El nuevo demos, dirigido por influencers y figuras estólidas, es solo la superficie de una estructura más profunda donde el poder real ya no es democrático, sino patrimonial y tecnológico. Los dueños de las plataformas poseen la infraestructura de nuestra realidad; ellos dictan la “verdad suficiente” para ser imitada, socavando a las generaciones jóvenes para controlar lo que leen y cómo sienten. Se ha democratizado la estupidez como herramienta de control.

Bajo esta estructura, el ciudadano de antaño ha sido sustituido por el siervo digital. Este nuevo sujeto no habita una nación, sino una interfaz, y paga su estancia no con impuestos, sino con su atención y sus datos (Zuboff, 2020). Es una servidumbre voluntaria y sedada, donde la gratificación inmediata del algoritmo actúa como el diezmo moderno.

El siervo digital no habita el espacio público, sino un predio privado propiedad de un “señor de la nube”, donde produce voluntariamente los datos que luego serán usados para predecir, controlar y mercantilizar su conducta. Ha cedido su soberanía mental a los algoritmos de recomendación: ya no busca la verdad, espera a que le sea servida en su feed, perdiendo la práctica de pensar por sí mismo en un estado de deuda cognitiva permanente.

Irónicamente, mientras la revolución humanista propone la inclusión universal para corregir el eurocentrismo, se alía con este tecnocentrismo feroz para formalizar la exclusión del conocimiento. Entendiendo lo humano como “proyecto asignado” (Heidegger, 1927/2009), La “construcción de tu vida” es una tarea que se te ha impuesto; no pediste existir, pero ahora que existes, tienes que hacer algo con ello. El ser debería construir su existencia en autonomía. Sin embargo, el nuevo humanismo se vende como libertario mientras la facultad discrecional la tiene la tecnocracia. Los seres humanos creen elegir, pero solo seleccionan dentro de un catálogo diseñado por intereses que no son neutralmente éticos ni morales. En las redes, el pensamiento crítico no es un valor, sino un obstáculo para el algoritmo.

Podría pensarse que esta “normalidad de la incertidumbre” es una resaca de la pandemia, pero la realidad es más cruda: estamos ante una anestesia sistémica. Ya no nos adaptamos por prudencia, sino por agotamiento. Como bien advertía la paráfrasis de Ortega y Gasset (1929/2010): “No queremos saber lo que pasa, por eso lo negamos, y eso es exactamente lo que pasa”. La normalidad hoy es el silencio de los que saben y el ruido ensordecedor de los que, bajo el yugo del feudalismo digital, han renunciado a la verdad para no tener que pensar.

Referencias Bibliográficas
Foucault, M. (1992). Microfísica del poder (3.ª ed.). La Piqueta.
Foucault, M. (2003). Hay que defender la sociedad: Curso en el Collège de France (1975-1976). Akal.
Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Ortega y Gasset, J. (2010). La rebelión de las masas. Austral. (Obra original publicada en 1929).
Sauquillo, J. (1987). Michel Foucault: Una filosofía de la acción. Siglo XXI de España Editores.
Varoufakis, Y. (2023). Tecnofeudalisme: El que ha matat el capitalisme. La Magrana.
Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.