La noción de que la tecnología actuaría como un solvente universal para la irracionalidad humana ha resultado ser una de las mayores y más costosas ficciones de la modernidad. Bajo la promesa de una evolución técnica que nos conduciría a un devenir más terso, se supuso que el absurdo sería poco a poco desterrado de nuestra mente y sustituido por la uniformidad lógica asociada con la tecnología misma. Sin embargo, no ha sucedido así.
Lo que hoy presenciamos es un despliegue del absurdo que utiliza la misma infraestructura de la razón —el algoritmo, la comunicación instantánea, la eficiencia logística— para amplificar la contradicción. El absurdo no es un error de cálculo en el sistema; es el sistema mismo cuando se enfrenta a la voluntad de poder y a la necesidad de gestionar el vacío que deja la ausencia de un propósito humano real. Esta analítica nos revela que el absurdo es un elemento indisoluble del poder y sus agentes en el turno, una herramienta de desorientación estratégica que fractura la estructura cognitiva de la sociedad para hacerla infinitamente maleable.
Si observamos la historia como una cartografía del sinsentido, vemos que el absurdo se ha ganado su papel en la realidad configurada bajo esa circunstancia de manera recurrente. Adolf Hitler, por ejemplo, mantuvo un discurso pacifista mientras cimentaba su camino hacia el poder y lo sostuvo incluso bien entrada la Segunda Guerra Mundial, una conflagración que él mismo había propiciado. Este patrón se repite hoy en todos los líderes y actores involucrados en la inestabilidad que abarca desde Europa hasta China, metidos de lleno en infinidad de contradicciones no solo discursivas, sino operativas.
El absurdo actúa como una armadura que los hace inmunes a la verificación lógica: se puede abogar por la sostenibilidad mientras se financian conflictos, o defender la libertad mediante la vigilancia absoluta. Esta “geopolítica de la disociación” se manifiesta de forma muy obvia en los proveedores de tecnología de Irán, que mientras facilitan la infraestructura técnica, aplauden con su silencio a los Estados Unidos e Israel en su lucha absurda; un ejemplo diario de una política donde el silencio no es vacío, sino una omisión calculada y una participación activa en el sinsentido por razones de mercado o supervivencia política.
La historia nos muestra que el absurdo es contracíclico y regresa con fuerza asociado a los ciclos económicos y las crisis de recursos. Es el mecanismo de “reinicio” cuando una civilización ya no puede crecer más bajo sus propios dogmas. El absurdo de la inercia lo personifica Alejandro Magno, quien inspirado por su triunfo contra Persia y Ciro el Grande, se lanzó a una “entretenida para él” pero catastrófica campaña contra la India.
Fue el absurdo de la expansión por la expansión: un ejército agotado persiguiendo un fantasma de gloria en los confines del mundo conocido, cuando la lógica dictaba consolidar lo ya conquistado. Del mismo modo, la cohabitación de Roma con la Iglesia Católica originaria creó una paradoja sangrienta: la normalización
del cristianismo perseguido, se utilizó para cohesionar un imperio basado en la legión, provocando tiempo antes la diáspora judía.
Aquí el absurdo se convirtió en ley y dogma, forzando a la realidad a doblarse para que el perseguidor y el redentor habitaran el mismo cuerpo político. No menos absurda fue la crisis de los tulipanes en Holanda, donde una sociedad sofisticada colapsó por el valor especulativo de un bulbo, demostrando que el “vacío fértil” del mercado puede transformarse en un instante en un delirio donde el valor se despoja de toda utilidad. A esto se suma la lucha permanente entre España y el Reino Unido, o entre Francia y el imperio Austrohúngaro y estos contra Rusia; siglos de genio y recursos gastados en un tablero de ajedrez donde nadie gana realmente, pero el juego se sostiene por la pura necesidad de tener o inventar un enemigo para definir la identidad propia.
En la actualidad, gracias a la velocidad de las comunicaciones, el espacio entre estas crisis se ha reducido a horas. El absurdo ya no es un evento, sino una condición y atmósfera permanente. Todos los países del G7 se preparan para otra gran guerra, o dicen estar preparados mediante una militarización que refuerza el absurdo, especialmente en los casos de Japón y Alemania, los perdedores que buscan revivir su antiguo expansionismo ahora aduciendo razones defensivas para volver a la senda del crecimiento. Es una analítica de la regresión: Alemania anuncia que sus jóvenes deberían pedir permiso para abandonar el país y así estar preparados para una emergencia, como si la guerra fuera a desplegarse de nuevo cuerpo a cuerpo en una era donde la batalla es híbrida y cibernética. Se pretende movilizar la carne de cañón mientras el conflicto real se decide en drones, servidores y satélites; es el absurdo de pedir lealtad territorial en un mundo de intereses transnacionales.
A esta cartografía del sinsentido debe añadirse la colisión frontal entre los discursos oficiales y la avalancha de novedades que atestiguamos cotidianamente, una fricción que constituye la prueba definitiva de que el absurdo ha sido plenamente re-normalizado después del pretendido orden mundial después de la Segunda Guerra Mundial . Vivimos en un estado de choque cognitivo donde, mientras los organismos internacionales proclaman eras de cooperación y derechos inalienables, las novedades diarias nos informan de nuevas fronteras blindadas, algoritmos de exclusión y la reactivación de industrias bélicas que se presentan como triunfos del ingenio de las naciones.
Esa colisión no produce una chispa de despertar, sino que genera una niebla informativa que desactiva la capacidad de respuesta del ciudadano. La novedad ya no informa, sino que asfixia; cada noticia sobre la militarización del G7 o el control de la movilidad juvenil choca con la retórica del progreso digital y la libertad de mercado, creando un cortocircuito mental que obliga al individuo a refugiarse en la indiferencia. En esta colisión diaria, el discurso se vacía de contenido para convertirse en mera atmósfera, y la novedad deja de ser un evento para ser un ruido de fondo que valida la tesis de que la realidad ya no se rige por la coherencia, sino por la fuerza de una contradicción que se despliega con la impunidad que solo la hiper-velocidad puede otorgar.
Esta tensión nos devuelve inevitablemente a la confrontación entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre. Este último, en su existencialismo comprometido, abrazaba la Historia y la eficacia política, justificando a menudo lo que Camus llamó el “asesinato lógico”. Para Sartre, no se podían tener las manos limpias si se buscaba la liberación final, lo que le llevó a aceptar la suspensión de la moral en favor de la necesidad histórica.
Camus, por el contrario, dedicó su vida a configurar una filosofía del absurdo como rebelión. Para él, la rebelión es un “No” que contiene un “Sí”, un límite que no se puede cruzar. Camus advirtió que cuando la Revolución se divorcia de la Rebelión y de la medida, termina convirtiéndose en el mismo mal que combate.
El absurdo “camusiano” nace del divorcio entre el hombre que busca sentido y el silencio irracional del mundo, pero su respuesta no es la sumisión a una ideología, sino el reconocimiento de nuestra fragilidad común. El poder actual ha adoptado la “eficacia” sartreana pero ha vaciado su pasión por la libertad, quedándose solo con la cáscara de un absurdo que se alimenta de la inestabilidad.
Mientras el “vacío fértil” requiere honestidad radical para permitir que emerja lo nuevo, el “vacío absurdo” del poder es una saturación de lógica eficiente que no conduce a ningún propósito humano, convirtiendo la existencia en un teatro de sombras donde, como Sísifo, los pueblos son empujados a repetir crisis y conflictos simplemente porque el proceso mismo es lo que sostiene la estructura vigente de dominio.
Notaríamos la diferencia, en primer lugar, cuando el lenguaje político sufra una desintoxicación radical y cese el “asesinato lógico” (asesinato como una conclusión técnica o una estadística necesaria para un fin superior) que Camus tanto denunció. Sabríamos que el mundo ha cambiado cuando la justificación teórica de la crueldad deje de ser aceptada como moneda de cambio; cuando un líder ya no pueda llamar “crecimiento” a la inversión en destrucción, ni “seguridad” a la vigilancia del pensamiento.
En ese momento, el discurso dejaría de ser una atmósfera de desorientación para volver a ser un compromiso con la realidad. Notar la diferencia significaría que la eficacia —ese ídolo sartreano que hoy lo justifica todo— se arrodilla finalmente ante la medida. Sería el tránsito de una geopolítica de la expansión infinita a una de la preservación humana, donde el éxito de una nación no se mida por su capacidad de militarizar el futuro de sus jóvenes, sino por su valor para detener la maquinaria del absurdo antes de que esta cruce el límite de lo irreparable.
Asimismo, notaríamos la diferencia cuando la tecnología se desprenda de su rol como prótesis del control para convertirse en un instrumento de arraigo y transparencia. Veríamos el fin de la disociación cínica: un mundo donde los proveedores de tecnología no puedan escudarse en el silencio mientras alimentan conflictos, porque la responsabilidad ética se habría vuelto indivisible de la transacción comercial. En este nuevo escenario, la colisión de novedades diarias no buscaría la saturación del individuo, sino su despertar; la velocidad se reduciría lo suficiente para que el espacio entre la noticia y la respuesta permitiera la indignación y la acción. Dejaríamos de habitar un teatro de sombras donde los enemigos se necesitan para sostener sus propias economías, y empezaríamos a construir una política de la fragilidad común. Saber que hemos notado la diferencia implicaría, en última instancia, que el ser humano ha recuperado su centro de gravedad ético, transformando el vacío absurdo en ese vacío fértil donde, libres de dogmas de poder y de miedos anacrónicos, sea posible por fin imaginar una convivencia que no requiera de la tragedia para sentirse viva.
Asumir que la búsqueda de un desenlace lógico es inútil nos sitúa ante el imperativo de construir una estabilidad de trinchera, una firmeza que no depende de la calma del entorno, sino de la solidez de nuestra propia estructura ética. Esta nueva estabilidad nace del reconocimiento de que el orden previo no era más que un absurdo en pausa, y que la preparación actual no debe orientarse a “esperar a que pase la tormenta”, sino a aprender a cultivar el vacío fértil en medio del naufragio. Es una forma de resistencia que sustituye la esperanza pasiva por una soberanía activa; es dejar de ser espectadores de la colisión de discursos para convertirnos en arquitectos de un sentido propio que no necesita la validación de un sistema en estado delirante.
Prepararse para esta estabilidad perdida implica, por tanto, una reconciliación con la fragilidad y un rechazo absoluto al cinismo. En un mundo geopolítico que insiste en militarizar el futuro y en convertir la contradicción en norma, el acto más revolucionario es la recuperación de la medida de lo humano. No se trata de adivinar dónde acabará este ciclo, pues la historia nos advierte que el absurdo es un ciclo que se alimenta de su propia inercia, sino de habitar el presente con tal integridad que el sinsentido del poder pierda su capacidad de fragmentarnos. La estabilidad que hoy buscamos no es la de un puerto seguro, sino la de quien ha comprendido que la piedra de Sísifo solo pesa cuando olvidamos que somos nosotros, y no algún destino, quienes decidimos el paso con el que la empujamos.
No se puede completar esta analítica sin desvelar el propósito subyacente que amalgama cada contradicción: la imposición del miedo y el terror como herramientas tradicionales del poder para conquistar espacios de control que, de otro modo, le estarían vedados.
El absurdo contemporáneo, con su ruido de sables y su militarización anacrónica, busca inducir un estado de parálisis existencial donde el individuo, cercado por la amenaza de una crisis o una guerra inminente, ceda su autonomía a cambio de una paz de opereta. Esta paz no es la ausencia de conflicto, sino una escenografía de orden impuesta sobre el silencio de los sometidos; una estabilidad artificial que no resuelve las tensiones, sino que las congela bajo el peso de la vigilancia. El terror es el mecanismo que transforma el sinsentido en obediencia, logrando que medidas irracionales —como el confinamiento de la juventud o el rearme expansionista— sean percibidas como el mal menor frente al abismo que el propio poder se encarga de proyectar.
En esta arquitectura del espanto, el absurdo deja de ser una curiosidad filosófica para revelarse como una técnica de dominación. Al saturar la realidad con amenazas y discursos encontrados, el poder vacía de significado la palabra “seguridad” y la sustituye por una tregua precaria y vigilada. Prepararse para la nueva estabilidad exige, por tanto, el coraje de mirar a través de esta opereta y reconocer que el miedo es un territorio ganado por el absurdo en nuestra propia psique. Solo cuando el individuo se niega a ser figurante en este teatro del terror, la paz deja de ser una simulación impuesta para convertirse en un acto de soberanía interior. Al final, la diferencia se nota cuando comprendemos que una paz basada en el miedo no es paz, sino la forma más refinada de la violencia del absurdo.
Referencias Bibliográficas (APA)
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