La terca posición de diversos líderes actuales de defender, incluso a fuerza de sangre, narrativas políticas que ya no se corresponden con la realidad material de sus naciones, solo puede entenderse bajo la óptica de la irrealidad que habita en Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. Estos gobernantes actúan como figuras que habitan una Comala moderna; persiguen con fervor construir y sostener estructuras de poder que no existen más que en sus mentes, gobernando sobre ruinas productivas y sociales. En este escenario, los diálogos oficiales y la retórica soberanista se vuelven incomprensibles para el ciudadano común, pues constituyen un lenguaje cifrado entre fantasmas, donde cada líder cree firmemente en su propia verdad distorsionada, ignorando que dirigen almas trashumantes en un país que se desvanece por la inanición.
En el tablero de la geopolítica contemporánea, existe una tendencia persistente entre ciertos liderazgos a utilizar el concepto de soberanía no como un principio de fortalecimiento nacional, sino como un escudo narrativo para blindar políticas domésticas ineficientes.
Se erige una retórica defensiva que apela al respeto absoluto de la autodeterminación, mientras que, paradójicamente, las acciones de gestión pública internas —a través de la planificación centralizada excesiva, la asfixia de la empresa privada y la anulación de incentivos individuales— actúan como agentes corrosivos que debilitan la verdadera independencia económica y política del país.
Este fenómeno crea una profunda desconexión entre el discurso mágico oficial y la realidad operativa, donde la narrativa de “defensa de la soberanía” sirve para ocultar un proceso de erosión estructural y dependencia externa, sacrificando el bienestar material de la ciudadanía en aras de mantener un control político absoluto.
El destino de las naciones está intrínsecamente ligado a una tensión fundamental entre las limitaciones impuestas por la geografía y la capacidad de gestión de sus liderazgos. Desde los albores de la humanidad, la naturaleza no fue pródiga por igual, distribuyendo los recursos naturales de manera desigual sobre el planeta. Esta asimetría inicial creó una necesidad imperiosa de intercambio entre pueblos y regiones, convirtiendo la dependencia mutua en el motor del desarrollo económico histórico.
En este contexto, la soberanía no puede entenderse como aislamiento, sino como la capacidad de gestionar eficientemente dicho intercambio para fortalecer el desarrollo interno. Para lograr una coexistencia pacífica y un ordenamiento justo, históricamente se han erigido principios prudenciales que permiten una dispersión más ordenada de la riqueza y el conocimiento. Sin embargo, la historia de estas relaciones entre modelos de producción y asimetrías de recursos genera conflictos cíclicos que exigen la actualización constante de las políticas públicas. Aquellas naciones que se aferran a dogmas anacrónicos y no adaptan sus políticas domésticas a la dinámica cambiante del mundo, se debilitan invariablemente ante el entorno, sufriendo menores retornos económicos y una erosión de su libertad real.
Este aferramiento a ideologías agotadas representa una de las paradojas más crueles de la historia moderna, una suerte de lógica del absurdo donde el sistema sobrevive a costa de la evaporación de su propio pueblo. Ejemplos se multiplican en el regreso del Talibán en Afganistán, la invasión de Ucrania, el fantasma de Siria, Gaza, Venezuela, Nicaragua, etc.
En casos concretos, como el de Cuba, la situación actual revela que la economía de planificación centralizada no ha fallado por falta de recursos materiales, sino por la anulación sistemática de los incentivos individuales, motor natural de cualquier sociedad. Caray, hasta Lenin reconoció en su programa económico después de la Gran Guerra “dar un paso atrás, para luego dar dos hacia delante” para evitar la hambruna.
Cuando se desconecta el esfuerzo de la recompensa y el trabajo deja de ser un medio para la prosperidad personal, el capital humano —el recurso más valioso y propósito de cualquier país— se degrada o huye. Lo que queda es un territorio habitado por el exilio, el abandono, los fantasmas, donde los ciudadanos, ante la imposibilidad de transformar su realidad en las urnas o en el mercado, optan por el voto con los pies hacia el exilio, generando un vacío demográfico y productivo que condena al país a la irrelevancia.
Este aferramiento al poder se sostiene bajo una ética de supervivencia de las élites que prioriza el control absoluto sobre el bienestar común. Para el círculo de poder, la apertura económica y democrática no se ve como una solución, sino como una amenaza mortal; prefieren administrar la miseria de forma totalitaria que gestionar la abundancia de ciudadanos libres e independientes.
En esta dinámica, el Estado deja de ser un motor de desarrollo para convertirse en un gestor de limosnas, dependiendo de la ayuda humanitaria internacional y de la caridad de aliados estratégicos para cubrir las necesidades más básicas.
Esta dependencia de la ayuda externa, lejos de ser un alivio, actúa como un analgésico que permite postergar las reformas estructurales necesarias, mientras la dignidad del ciudadano se diluye en la espera de una ración asignada por el Estado.
El desenlace de este proceso no parece ser una explosión revolucionaria clásica, sino una implosión por entropía, marcada por la senilidad y la inanición. La senilidad mental de una dirigencia desconectada de la realidad tecnológica y social de las nuevas generaciones se encuentra con la inanición de un sistema que ya no tiene recursos ni siquiera para mantener su propia estructura de mando.
Al final, el absurdo se completa cuando el capitán se hunde con un barco que ya no tiene tripulación. El juicio de la historia será implacable con aquellos que, por proteger una narrativa de soberanía teórica, terminaron por heredar un país deshabitado, demostrando que ninguna ideología puede sostenerse indefinidamente cuando se construye sobre el sacrificio infinito y el hambre de sus habitantes.