Cuando joven, tuve mucho interés en cosas místicas, espirituales. Creo que a todos los jóvenes les pasa, aunque pocos le dan continuidad. Un viejo brujo, me dijo entonces que mi “tonal” era el águila (animal espiritual, que no es lo mismo que “nahual”). Me sentí halagado, y seguí con lo mío, que era la Cábala y la Astrología. Creo que fue en un libro de Oskar Adler donde también apuntaba que mi signo zodiacal, Escorpión, señalaba un proceso evolutivo del insecto, a la serpiente para terminar en el águila. Me pareció curiosa e interesante la coincidencia. Ni entonces ni ahora se me antojó aletear, tragar serpientes encima de un nopal, o mamonear rampante en un escudo nobiliario. Aunque a veces lo parezca, no soy un “therian” ni un “furro”. A pesar de que se ha difundido mucho la expresión “animal humano” para restregarnos en las narices nuestra verdadera naturaleza, me parece un insulto para los animales. Tal vez sea plan con maña, y así se matiza el hecho de que estamos rodeados de humanos que son operativamente animales, en el sentido peyorativo del término. Notemos la diferencia con un ejercicio práctico. Llamemos “animal” a un burro y luego a un humano. En la reacción se notará la diferencia entre la indiferencia del burro y la soberbia del humano.
Aunque me parezca chocante la exhibición de humanos en esa especie de cosplay taxonómico, son libres y es su derecho hacer esos desplantes. En principio dan risa, pero también hay casos en que deben despertar admiración por el ingenio para caracterizarse. No pude contener la carcajada cuando vi a una chica argentina que se identificaba como perra (can), que entraba en crisis de identidad por no poder elegir el tipo de raza. La identidad animal es un rasgo muy humano. La usamos desde tiempos prehistóricos y ha creado mitos y ritos. Hay características de los animales que los humanos desearíamos, e intentamos tomar por asalto, ¡somos taaaan racionales! Lo admirable es que los animales no humanos parecen ser más inteligentes porque no les interesa imitarnos; los pocos que lo hacen no nos imitan, nos parodian. Y somos tan “inteligentes” que disfrutamos ver esas parodias, como perritos bailarines, chimpancés vestidos de etiqueta, elefantes pintores, etc.
Francamente, no repudio a los “therianos”, sí me molestan un poco porque me distraen. La “viralidad” tiene ese efecto nocivo. Me divierten, pero es una diversión huera, no nos alegra ni hace felices. No cambia algo, ni siquiera en los propios therianos. Las identidades que me sugerían aquel viejo brujo y Oskar Adler no eran boberías, eran referencias. No determinaban un destino, planteaban el inicio de un proceso de autoconocimiento para construir el destino. Tonal y nahual, por ejemplo, son los platillos de una balanza que debe mantenerse en equilibrio siempre. Los therianos pueden rugir, reptar, ladrar, rumiar, maullar, graznar…, pero a los ojos del animal que quieran asumir son como para nosotros ver un simio fumando un habano. No sé a dónde quieren llegar en sus exhibiciones públicas. Si quieren ser coherentes, sus mítines debían ser por especies, como los animales en manadas. Mezclar todo tipo de “animales” therianos para exhibirse está a un paso de desvirtuar al therianismo para caer en el “furrianismo”. Y el furrianismo es otra cosa, casi como escenificar dibujos animados, pero con objetivos artísticos o hasta eróticos… Bueno, el erotismo también es un arte.
Recién se divulgó que planean hacer reuniones masivas en diferentes lugares de México. A como están las cosas en los medios de comunicación y en las redes sociales, no sé si sea cierto. Y en verdad no me importa. Eso sí, como factor de distracción superó al grupo musical boliviano “Super Sexi Boys”, cuya frivolidad vale un par de carcajadas y algo de pena ajena, no más. El therianismo en cambio tiene mucha tela, trasciende el dato curioso, contagia fácilmente a los egos frágiles, crea una ilusión. Ya el hecho de no formar identidades sino comunidades les hace útiles para ponernos a papar moscas como en su momento hizo Alatorre en los años 90 con el “Chupacabras”, casual o deliberadamente, para no notar los enjuagues de Salinas de Gortari y el TLC. Lo grotesco y ridículo del espectáculo theriano nos pinta una sonrisa en la cara, una sonrisa inocua e inútil.
“El hombre es lobo para el hombre”, dicen, malinterpretando a Plauto. El escritor latino no hablaba de therianos ni de licántropos, sino de un vulgar trato comercial. No hizo honor a los lobos, que matan para comer no para enriquecerse. Hay “transespecies” más complejos, como la diosa egipcia Sekhmet, theriana divina con cabeza de leona, pero con melena de león, es decir, también transgénero. Y ni hablar de Esopo y todos los fabulistas, humanizando animales, contaminándolos con nuestros vicios y virtudes. Tenemos siglos coexistiendo con animales, viviendo con ellos y de ellos. Nos hemos creído aquello de ser soberanos del Reino Animal. Y ahora surgen personas y comunidades que abdican a un trono en el que, obviamente, jamás pusieron sus posaderas… o sus cuartos traseros. No está mal ser theriano, muy su gusto. Lo que no me gusta, insisto, es que nos distraigan de cosas verdaderamente importantes. Vivimos momentos difíciles y peligrosos. Hay una ruta de cambios mundiales que podrían ser catastróficos si no estamos preparados para adaptarnos. Pero si insistimos en involucionar para evadirnos de la realidad, creo que todo el Reino Animal no humano estará de acuerdo, sólo que la ruta de ese retorno no es impostar identidades, sino recuperar la nuestra, la de los primates. Aunque ya no nos divertiría ver a un simio vestido de etiqueta y fumando un habano, sería perfectamente normal.