“No puede haber grandes dificultades cuando abunda la buena voluntad”
Nicolás Maquiavelo
Todos, todos, se llenan la boca y se regodean, se ponen orondos y magnificentes a la hora de decir, de los dientes para afuera claro está, que mantienen una estrecha coordinación y colaboración en beneficio de la ciudadanía. Nada más falso.
Cada quien mira para su santo y estira para su lado y si uno afloja, otro aprieta y viceversa, la cosa es nunca dejar espacios vacíos y aprovecharlo todo, pero todo, para conseguir algún beneficio.
Y diga usted si no. Esta ilustre ciudad, capital del estado de Nuevo León, con todos los siglos que tiene de fundada, es un caos a lo largo y ancho, con montones y montones de propiedades, casas, terrenos y hasta edificios abandonados que tienen años y años igual, generando problemas y afeando el escenario.
Por ello la metrópoli empezó a crecer a los lados y en todos esos nuevos lugares el fenómeno se fue repitiendo con el paso del tiempo; también allá se fueron quedando espacios abandonados y solos por uno y mil motivos.
De pronto unos hermanos resuelven por fin el intestado y deciden construir un edificio de usos múltiples en el terreno que antes ocupara la casa de sus padres. Hacen el proyecto, calculan costos, consiguen préstamos y a la hora de ir a pedir el permiso a la autoridad, les salen con que “no se puede”, porque se requieren 220 cajones de estacionamiento para aprobar el proyecto.
Sin embargo, dos terrenos más delante, en un espacio menor, de la nada aparece un edificio cuatro veces más grande, sin ningún cajón de estacionamiento y a ese no lo pusieron “peros”. ¿Qué cree que haya pasado?
Nos hablan de reordenar el centro, de levantar un censo de propiedades desocupadas, de ubicar a los propietarios y/o definir su situación jurídica, pero todo es choro mareador, promesas, palabras que no pasan de ser meros propósitos, porque en el fondo saben que arreglar ese “asuntito” será un viacrucis técnico y legal y por ello dejan las cosas como están, hasta que, como ocurrió con el terreno de uno vecino, de pronto llegó un individuo y corrió a los engorrosos paracaidistas extranjeros que sólo daban problemas y a los que el Secretario del Ayuntamiento y el Secretario de Seguridad les sacaron la vuelta; el hombre les dijo que iba de parte del dueño, tapió el frente y colocó un acceso y asunto arreglado.
Casi le puedo asegurar que mi nuevo vecino no es el dueño, sino un paracaidista moderno que esperará pacientemente 10 años ocupando de manera pacífica la propiedad, contratará un servicio de agua a su nombre y con esos recibos se hará de manera gratuita del terrenote. A final de cuentas no está tan mal, porque por lo menos ya no está desocupado y sucio el lugar.
Si existiese voluntad de parte de nuestros gobernantes, tendrían ese censo, indagarían qué fue de los dueños y sus sucesores y en aras del beneficio colectivo resolverían para darles vida y recuperar más de un tercio de Monterrey que hoy no tiene ningún beneficio. Para ello se requeriría un esfuerzo municipal, pero también el apoyo del Legislativo, el impulso del Ejecutivo y un trabajo conjunto con el Gobierno federal en todos sus poderes.
Pero es más fácil seguir autorizando edificios de muchos pisos sin estacionamiento, sin capacidad de dotarles de servicios como agua, drenaje, demanda eléctrica, espacios de estacionamiento y demás, total, ahí que se metan todos y al rato que se maten por un lugar dónde dejar su coche.
Voluntad, pero de verdad, es lo que hace falta.