“Una voz fuerte no puede competir con una voz clara,
aunque ésta sea un simple murmullo”
Confucio

Seamos claros y llamemos a las cosas por su nombre.

Construir una plazoleta en forma de rotonda debajo de un monumento no hacer un monumento histórico, es colgarse medallas alejas.

La dichosa rotonda que mandó construir Luis Donaldo Colosio Riojas bajo el Arco de la Independencia en Monterrey fue, desde el inicio, un contrasentido, porque no protegía la obra histórica, porque no evitaba accidentes como lo pregonaron, ni facilitaba la fluidez del tráfico ya que, al contrario, provocaba largas filas de vehículos en Calzada Madero y en Pino Suárez lo que, además y por si fuera poco, incrementaba la contaminación ambiental.

De reconocimiento, esa sí, la intervención de la obra por parte de la Secretaría de Cultura que le dio mantenimiento a la centenaria escultura y su monumental soporte, pero tampoco nada del otro mundo, simple y sencillamente cumplir con una obligación inserta en sus fines.

Mienten las voces que afirman que se evitaron accidentes gracias a la plazoleta. Por principio no hay forma de cruzar en diagonal esa intersección, ya que de cualquier manera el peatón siempre se topará con vehículos que cruzan en su camino; la única manera sería el detener por completo el tránsito para ceder el paso a los peatones, pero ello elevaría el tiempo de espera de los automotores y, aún más incrementaría la contaminación.

Dice un sabio refrán que “si algo no está descompuesto, no lo arregles” y el hecho de que circularan vehículos por debajo del arco nunca afectó de manera importante al monumento. ¿Tuvieron que llegar las privilegiadas mentes de Colosio y sus asesores para abrirnos los ojos?

La teoría colosista para pasar a la historia fue el reducir en todo lo posible la velocidad a la que se desplazaban los vehículos y así reducir los siniestros. Por eso la plazoleta, las banquetotas, el cambio de preferencia en algunas avenidas, la instalación de pasos pompeyanos y bordos.

De poco le importó a Luis Donaldo que al mismo tiempo la metrópoli estuviese colapsada por los trabajos del Metro en multitud de frentes (de manera innecesaria); más despacio, más despacio, sin importar el desgaste, las horas hombre desperdiciadas, el daño emocional, la repercusión económica, había que presumir que tuvieron menos accidentes lo cual, al final, tampoco se consiguió.

Hoy más por político que por un tema de cultura o preservación, los naranjas se tiran al piso, chillan y se victimizan, junto con otra horda de inconformes por todo y contra todo, a los que con suma facilidad engañan y utilizan para echar montón.

No se puede dar el paso dos sin haber dado antes el paso uno y para reducir el número de automóviles en Monterrey se requiere primero de un transporte público eficiente, el cual no existe y, lamento decirlo, no existirá en mucho tiempo con todo y el Metro y los cacaraqueados camiones verdes.

Al pan, pan, y al vino, vino. Seamos serios, por favor.