“La vida es un constante proceso, una continua
transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer”
Hermann Keyserling

Y de pronto, casi al final del Siglo pasado, a la humanidad le dio por cambiar en estilos y formas; decidió que era imposible continuar la formación de las nuevas generaciones en base a los formatos tradicionales practicados hasta entonces, por lo que orientarían los esfuerzos en encontrar mecanismos más racionales y, sobre todo, mucho menos violentos, para “convencer” a los críos de cómo comportarse.

Porque antes la educación y la formación eran ambidiestras. Por un lado te daban una caricia y mil y en la otra mano, tu sabías que ahí estaba, un garrote por si no querías entender por la buena.

El esquema no tenía pierde y no fallaba, tenías la oportunidad de ser el ser más feliz del mundo si cumplías con tus deberes y te comportabas como se esperaba de ti; pero si no lo hacías, entraban en práctica “los otros” procedimientos que te hacían enderezar el camino, aunque no siempre fue así .

Yo alcancé a ser de esa generación, de aquella con la que con una simple mirada te controlaban y te dejaban más quieto que una estatua, que no chistabas ni respirabas, que obedecías y en más de una ocasión tenté el terreno y me aventuré a experimentar hasta dónde podrían llegar las consecuencias de mi desobediencia… y no me quedaron ganas.

Pero créame que a pesar de la crudeza del trato, de ese miedo a un golpe (una simple nalgada o un cinturonazo, nada del otro mundo), crecí amando profundamente a mis padres, respetando a mis mayores, conduciéndome con propiedad con los maestros.

Me parece que en esa transformación la humanidad se centró en atender las causas y fue olvidando cuidar las consecuencias. Todos los esfuerzos se orientaron en buscar erradicar las bases y se olvidaron de dar continuidad a los resultados de aquellas “maldades”; y las travesuras fueron subiendo de tono y fuimos como sociedad encontrando justificaciones para esos comportamientos y no los detuvimos a tiempo y así fue creciendo y creciendo un bola de nieve imparable.

“¡No, no le digas nada al niño!” ¡No, no le hagas nada al niño!” “¡Ni se te ocurra tocarlo, le puedes causar un trauma!” y el chamaco, feliz, celebra su victoria porque se salió con la suya y no fue castigado.

“Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre” dice el refrán y eso es lo que requerimos como sociedad, pero no sólo en las familias sino en nuestro entorno completo; debemos modificar la manera en que miramos al mundo y aplicamos una justicia que sea simple y llanamente eso: justicia. Que entiendan que en una mano hay miel y en la otra hiel y que el balance de las cosas es lo que nos permite transcurrir por la vida en un ambiente de paz y orden.

Ojalá y lo entendiésemos todos.